“Ya murió”, dijo mi primo con lamento en cuanto a Tía Chofi.
Mi corazón late con tanta fuerza que pensaba que mi pecho iba a explotar. No quería escuchar los detalles acerca de su muerte, la muerte de una viejita que salió del mundo triste y sola. Una que dedicaba su vida entera a los demás – a nosotros.
Después de unos minutos de puro choque, susurraba a mi primo, “¿Cuándo será el funeral?”
“No hay fecha definitiva todavía, pero me imagino que será esta fin de semana, a lo mejor el domingo”, me contestó.
Sabía que toda la familia vendría, más por la obligación filial que por su propia voluntad. Cuando nosotros no hacíamos adultos, casados y con hijos, olvidamos a la querida Tía Chofi que nos crió prácticamente durante la infancia. La tarde de su muerte, salí con mi bonita esposa al cine e hicimos el amor toda la noche. Mientras tanto, Tía Chofi dio su último respiro… Murió siendo una virgen, con un cuerpo que nunca fue acariciado ni besado, sino con cuerpo lleno de arrugas.
La semana pareció como una eternidad. Acompañado con mis padres, mi esposa y nuestro bebe recién nacido fuimos al panteón. Observé con lágrimas en los ojos y un nudo insoportable en la garganta a los campesinos que estaban enterrando el ataúd. En vez de flores y buenos recuerdos, sólo quedaban hombres borrachos que la enterraron como si fuera basura. Las canciones románticas que me cantaba Tía sonaban en mis oídos mientras los niños jugaban entre las lápidas. Tiré un azahar por su cruz pequeña mientras los pájaros del monte cantaban encima.
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